21 de Agosto de 2017

La playa de los cristales rotos

Por el 18 de Junio de 2017

Hace poco más de un año la vida me llevó una vez más a trabajar a Monterey, California, para cubrir un gran evento de autos en la pista de Laguna Seca. Estuve allá una semana completa y el mismo día de mi regreso a Puerto Rico me lancé en una aventura que algunos pueden considerar descabellada. Me fui en un road trip de casi 400 millas y siete horas de duración para simplemente  ir a ver una playa…  ¡por tan solo 35 minutos!

El tiempo lo tenía contado. Mi vuelo salía casi a la medianoche y el momento que tenía disponible para salir hacia esa playa era un poco después del mediodía. Así que calculé las tres horas y media de ida, las tres y media de regreso y para llegar al aeropuerto a una hora cómoda, lo que me quedaba para estar en esa playa era efectivamente media hora.

Sí, hay algo de locura en eso. No se los niego. Manejar tanto para ver un lugar tan brevemente y regresar a la prisa para no perder un vuelo es algo demencial. Pero igual, millones de personas hacen filas de dos horas en parques de diversiones para montarse en atracciones que apenas duran dos minutos. En el viaje en auto uno se entretiene con el paisaje, los rótulos, los negocitos a la orilla de la carretera y hasta mirando los demás autos, mientras que en la fila del parque de diversiones no ocurre nada; es tiempo perdido. Entonces, ¿quién está más loco?

La playa se ha convertido en un destino turístico para Fort Bragg y en ocasiones puede atraer hasta 1,000 personas diarias. (Andrés O’Neill/CB)

La playa que me obligó a hacer esto se llama Glass Beach y la razón de su nombre es lo que la hace tan especial. Y es que en vez de arena, está completamente cubierta de millones de pequeños vidrios multicolor. Son tantos, que hay porciones de la playa en las que es imposible encontrar la arena por más que uno excave entre los vidrios pues las capas son muy profundas. ¿Cómo llegaron allí? Esa es la parte fascinante.

Allá para 1906 cuando en el mundo aún no existía una consciencia ambiental, la pequeña ciudad de Fort Bragg, que es donde está Glass Beach, convirtió esa playa en un vertedero municipal. Comenzaron a tirar de todo: basura cotidiana de los hogares, viejos artefactos industriales, enseres, desechos de construcción e incluso, automóviles completos. Eso estuvo ocurriendo por décadas y cada vez que las montañas de basura llenaban la playa, las quemaban para hacer más espacio. O sea, un desastre ambiental detrás de otro.

Ya para la década de los sesenta estaban comenzando a nacer en el mundo los deseos de proteger el ambiente. Así que la ciudad determinó eliminar el vertedero y limpiar la playa. En 1967 comenzaron a remover escombros y según iban terminando, descubrieron algo muy sorprendente: no había arena. La acumulación de 60 años de desechos de cristal y cerámica había formado un grueso manto multicolor sobre toda la playa. También, el tiempo había logrado un efecto mágico: los vidrios no cortaban. Las décadas de salitre, del impacto de las olas, la fricción de los cristales contra la arena y la de vidrio contra vidrio, pulió los millones de pedacitos para convertirlos en coloridas piezas tan lizas como las piedritas de un río.

O sea, que tal y como me comentó una buena amiga cuando le conté esta historia, la naturaleza es tan noble que aun cuando el hombre la atacó, ella le respondió ofreciéndole belleza. La naturaleza se encargó de convertir la basura que le tiraron en algo muy lindo.

La playa se ha convertido en un destino turístico para Fort Bragg y en ocasiones puede atraer hasta 1,000 personas diarias. Eso es mayormente en verano, ya que esta región de California es fría y muy ventosa. Fui en época fría, lo que me dio la ventaja de que había muy poca gente en la playa, pero a la vez, la desventaja de un día muy nublado. No pude ver los cristalitos resplandecer con los rayos del sol.

Pues sí, solo estuve en Glass Beach apenas unos 30 o 35 minutos. Caminé encima de los cristales, jugué con los vidrios y me entretuve metiendo las manos en las capas multicolores tratando de encontrar el verdadero piso de arena.

Disfruté mi rato allí, me despedí de los cristalitos, subí al auto y manejé de nuevo hacia San Francisco. Sí, siete horas de carretera para 30 minutos de playa. Descabellado. Pero como siempre, las aventuras locas siempre son las mejores aventuras.

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