22 de Noviembre de 2019

La pared de chicles de Seattle

Por el 30 de Julio de 2017

A los niños, especialmente a los varones, les fascinan las cosas cochinas. Por eso mismo, durante un viaje a Seattle en el 2008, mi hijo, entonces de nueve años, comenzó a gritar muy contento mientras veía una exhibición interactiva en la plataforma superior del Space Needle, la torre emblemática de la ciudad.

“¡Papi! ¡Mira! ¡Mira! ¡Tienen una pared llena de chicles masticados! ¡Llévame!”.

Cuando me acerqué al monitor, vi que se refería a The Gum Wall, una especie de oscura atracción turística que tiene Seattle. Vi las fotos y mostraban un callejón cuyas paredes de ladrillos estaban cubiertas por una espesa capa multicolor de chicles masticados.

Llegar al Gum Wall es muy fácil, pero se nos hizo difícil encontrarla. Está en uno de los callejones laterales del mercado. Tardamos mucho en hallarla, porque comenzamos a buscarla desde el lado opuesto. Así que caminamos todo el Pike Place (y a la vez nos distraímos en los puestos) hasta que por fin encontramos el callejón. (Andrés O'Neill/CB)

Llegar al Gum Wall es muy fácil, pero se nos hizo difícil encontrarla. Está en uno de los callejones laterales del mercado. Tardamos mucho en hallarla, porque comenzamos a buscarla desde el lado opuesto. Así que caminamos todo el Pike Place (y a la vez nos distraímos en los puestos) hasta que por fin encontramos el callejón. (Andrés O’Neill/CB)

Por ser un adulto con alma de niño al que todavía le fascinan las cosas cochinas, me encantó la idea. Pensé que a mi hija no le agradaría ir porque para ese entonces tenía 16 años y ya ustedes saben cómo son las chicas adolescentes: todo les da pachó. Pero también se entusiasmó mucho, al igual que mi sobrina adulta que vive en Portland, Oregon y que andaba con nosotros. Sí, en mi familia corre un sentido del humor muy torcido.

Verifiqué la localización y vi que estaba justo al lado de una de las máximas atracciones de Seattle, el mercado de Pike Place, el cual de todas maneras, íbamos a visitar cuando bajáramos de la torre.

Llegar al Gum Wall es muy fácil, pero se nos hizo difícil encontrarla. Está en uno de los callejones laterales del mercado. Tardamos mucho en hallarla, porque comenzamos a buscarla desde el lado opuesto. Así que caminamos todo el Pike Place (y a la vez nos distraímos en los puestos) hasta que por fin encontramos el callejón. Era igual que en las fotos: paredes repletas de centenares de miles, tal vez millones, de coloridos chispitos gomosos. Algunos habían sido estirados en forma de letras e incluso, formaban nombres y símbolos de paz.

Pensé que seríamos los únicos desajustados que irían a ver un lugar así, pero resultó que había mucha gente. Mi hijo y yo nos divertimos amenazando a mi hija con empujarla contra los chicles masticados. Luego fuimos ella y yo los que amenazamos al pequeñín.

Algo me llamó la atención y fue que noté que alguien había hecho una bandera con chicles. De inmediato pensé que la de Puerto Rico debería estar allí, pero sencillamente no tenía tiempo para hacerla ya que se acercaba la hora en la que mi sobrina tomaría su tren de regreso a Portland. Así que me prometí que si algún día la vida volvía a llevarme por Seattle, haría una bandera puertorriqueña en la famosa muralla.

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Esa oportunidad se me dio en el 2011 cuando regresé a la llamada Ciudad Esmeralda para cubrir el evento periodístico de una automotriz. Durante un rato libre que tuve fui a una farmacia, compré chicles rojos, azules y blancos (y por supuesto, guantes de goma) y me dirigí al callejón.

Con mucha paciencia, comencé a mascar chicles (cinco, seis piezas a la vez) e iba pegándolos a la pared, dándole forma a la bandera. Todo me fue bien hasta que comencé a mascar los chicles rojos pues cometí el error de comprarlos de canela o “pica pica”. Casi lloro por el ardor en la boca.

Poco a poco fui armando la banderita mientras otros turistas me miraban, tal vez pensando que era un gran artista de la goma de mascar. La terminé, le tomé fotos y me fui.

Meses más tarde, me enteré que una buena amiga viajaría a Seattle y le conté de mi humilde banderita de chicles. La chica visitó el callejón y la encontró, aunque ya blancuzca.

Mi bandera ya no está. De hecho, ni siquiera están los millones de chicles que la rodeaban. En 2015 la ciudad le dio un lavado a presión a las paredes y así, de un manguerazo (bueno, supongo que de muchos) desaparecieron las capas de duros chicles masticados acumulados por 20 años.

La limpieza no duró mucho ya que defensores de la pared salieron de inmediato a pegar chicles y al día de hoy, las paredes están iguales que cuando las vi.

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